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LIGERA DE EQUIPAJE

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June 24

Tocar de pies al suelo o la mejor manera de tomar decisiones lo más acertadas posible

Si hay algo que me ha costado toda la vida es tocar de pies al suelo. Me la he pasado flotando por encima de la realidad, viviendo un sueño, una ilusión, queriendo creerme lo que idealizaba y no lo que ocurría a ciencia cierta. Desde ese lugar, las decisiones suelen ser del mismo color, por lo tanto me llevaban a frustración tras frustración, lo cual era doloroso pero yo me empeñaba en tintarlo de color rosa y seguir adelante con mis sueños o bien simplemente eliminaba de mi vida aquello que yo no quería ver. Fácil. Las consecuencias de esta actitud han sido que me he dejado embaucar, engañar, abusar por cualquiera que tuviera cierta gracia y que me mostrara un mínimo de interés.


Mi momento actual se basa en abandonar esta actitud, en tocar de pies al suelo y decidir qué circunstancias y personas son las que realmente me hacen sentir bien. A más información, más elementos reales para la toma de decisiones. Esa información choca a menudo con mis idealizaciones y eso duele. Me toca renunciar a muchos sueños y, en cierta manera, a quedarme en el vacío. Sueños largamente acariciados, repletos de ilusiones, de amores imposibles, de realizaciones vanas, que se esfuman, que se convierten en cenizas, consumidos por el fuego de la realidad.

Es momento de quemar lo viejo para que surja lo nuevo, de vaciar mis cajones internos de falsedades para poder ir metiendo en ellos lo tangible, lo auténtico, a medida que vaya apareciendo. Solsticio de verano o noche de San Juan, es lo mismo y es ahora.

Abandono un trabajo en el que he dejado la piel y el alma, creyendo que se apreciaba lo que daba. La cruda realidad es que no he sido correspondida, al menos no lo suficiente para que me quede. Ni el sueldo ni el interés por mí están a la altura de lo que yo necesito. Es cierto que al anunciar mi marcha, he recibido el reconocimiento que me ha faltado durante el tiempo que he estado, un reconocimiento moral, que no práctico. Me alivia el corazón y me voy más ligera.

Lo mismo me pasa con algunas personas. Me llega información que me hace darme cuenta de que no soy tan importante para ellas como yo había querido creer, como me emperraba en creer. Me entristece, me duele.

Todo ello tiene que ver con mi facilidad en obviar esa realidad para ensalzar lo ilusorio, lo que me gustaría que fuese y no es. Tiene que ver con traicionarme y permitir que me traicionen, con no atreverme a mirar a los ojos al miedo que me atenaza y me paraliza.

Hoy lanzo a la hoguera de la vanidad todas esas ilusiones, decidida a tocar de pies al suelo y así vivir con la máxima consciencia la realidad que aparezca día a día.

June 18

La rueda de la vida

La rueda de la vida

Leo la entrada de mi amiga Isabel, una vez más. La he leído muchas veces y me llega su dolor. Como ella dice, uno nunca se acostumbra a la muerte, siempre que aparece, golpea con crudeza. Y es que la vida es así, con comienzos y finales que se van sucediendo y solapando, sin parar, nunca se para y nos sorprende, por mucho que queramos planificar, por mucho que intentemos que todo siga igual.

Me viene a la mente una frase que puse como titular de un curso: lo único que no cambia es el mismo cambio. Ese es permanente. Puede ser lento o rápido, pero siempre ocurre. La impermanencia de la que hablan los budistas.

He decidido dejar mi trabajo en la residencia. Momento de grandes cambios en mi vida, de cierres, de despedidas, de tristeza. Siento un movimiento imparable en los dos sentidos. Unos van y otros vienen. Los que se van dejan espacio para los que llegan y así se crean oportunidades para todos.

Dejo mi trabajo de trabajadora social y voy a hacer immersión en el mundo de las terapias. La decisión ha ido llegando por partes y en algún momento he sentido que ya no dependía de mí, que había una fuerza superior que me arrastraba, que tomaba el mando...y me he dejado llevar, ofreciendo poca resistencia. Es la segunda vez en mi vida que siento esa fuerza. La primera fue cuando me separé de mi marido. Sí hubo una parte de mí que decidió pero había algo más, estaba esa fuerza que era más potente que yo, que se me llevaba a pesar del dolor, a pesar de no entenderlo, a pesar de mi resistencia, a pesar del miedo y de la sensación de tirarme al vacío sin saber donde caería ni cómo caería. La ostia podía ser monumental. Fue duro y difícil y más adelante me di cuenta de que fue el inicio de mi nueva vida.

Ahora la sensación es similar aunque me siento más tranquila y confiada que hace 10 años y el salto no es tan bestia. Se han conjuntado varias circunstancias que no me han dejado más opción que tomar esa decisión. Las condiciones de trabajo y sueldo de la residencia han empeorado notablemente y me hacen inviable seguir ahí. Por otro lado, las terapias me van cada día mejor y en el centro donde colaboro, se han ido personas a las que aprecio y quiero. Los echaré mucho de menos y al mismo tiempo dejan un espacio para los que llegamos, de la misma manera que yo dejaré un espacio en la residencia para alguien que necesite ese trabajo como yo lo necesitaba cuando me lo ofrecieron.

Tristeza por mis compañeros terapeutas que han decidido seguir su labor en otros lugares, tristeza por dejar a mis abuelitos, a mis colegas, a lo que ha sido casi como mi casa en los últimos tres años. He creado vínculos, algunos fuertes y duele irme.

Y también hay alegría, siento una fuerza que sale de dentro, de todo mi ser, que me dice: esto es mi vida, así quiero vivir, eso es lo que quiero hacer y tanto me dan las consecuencias, las dificultades que puedan surgir. Quiero dedicarme de pleno al mundo de la Gestalt, de la terapia corporal, eso es lo que yo soy, terapeuta.

Es un estado de Amor, de pleno convencimiento, de certeza absoluta, que no sale del pensamiento, sino de la armonía de los tres centros: cabeza, corazón y vientre; mente, emociones, instinto.

Y creo que eso es la Vocación. No sólo porque así lo siento, sino porque disfruto como una vaca haciendo este trabajo, me siento feliz, alegre y plena, sale lo mejor de mí misma. Y eso, al fin y al cabo, es lo importante, llegar a vieja o llegar ante la muerte con la sensación de haber disfrutado de mi vida, de haber hecho aquello que mejor me sienta, de haber abierto mi corazón
May 27

Recapitulación

Solemos echar la vista atrás y hacer recapitulación de lo vivido a menudo en fin de año. Yo, la verdad, no lo suelo hacer y me doy cuenta de que, en serio, en serio, no lo he hecho nunca. Hoy siento la necesidad de hacerlo, de una forma amplia y extendida en el tiempo. ¿Cuánto tiempo? No lo sé, años, bastantes años. En realidad, no me importa el tiempo sino poder observar los cambios, las pérdidas, los logros, la evolución y cómo se ha ido desarrollando todo ello.


Tengo la sensación de haber vivido dos vidas en una y quién sabe si vivirá más. De lo que sí soy consciente actualmente es de dos partes muy diferenciadas: mi vida antes y después de divorciarme; una de inconsciencia y automatismos y otra de inicio y desarrollo de la consciencia, del autoconocimiento, del proceso personal, que me han traído hasta el momento presente. Hace exactamente 10 años estaba en plena crisis existencial, con un gran malestar en mi vida de pareja y sin saber qué haría con mi vida si finalmente decidía separarme, lo cual hice a los pocos meses.

Pero... quiero empezar esta recapitulación de otra manera. Quiero empezar por recordar a las personas que he perdido a lo largo de mi vida, que han muerto en el transcurso de los años vividos.

Mi primera pérdida fue mi abuela materna. A mis abuelos paternos no llegué a conocerlos. Mi abuela, Mamie, murió cuando yo tenía 7 años. Sé que fui consciente de su muerte,no me lo escondieron ni nada de todo esto, pero no recuerdo haber sentido dolor. Me entristeció no volver a verla, era afable y agradable. Íbamos todos los miércoles, toda la familia, a comer a su casa.
5 años después murió mi abuelo, Papi. Era muy viejo, casi 90 años y en los últimos años estaba demente y me daba miedo. Era un hombre muy severo y no especialmente cariñoso.

Durante muchos años no hubo ninguna muerte más en mi familia. No fue hasta 1 año después de casarme cuando yo tenía 24 años, que murió mi tío Jorge, el único hermano de mi padre, que se fue tras una extraña enfermedad, con 58 años. Me dolió, lo quería mucho, era un buen hombre, agradable, simpático, con buen humor. Curiosamente, el mismo día de su entierro, murió otro tío mío que ya tenía 80 años, de golpe, de un infarto, al regresar del funeral de mi tío Jorge. El tío René. Lloré mucho con esa doble desaparición. Macabramente, mi jefe de aquel entonces me dijo: ¡¡Usted los mata por pares!! Un poco de humor negro que me hizo bastante gracia dentro de la desgracia.

Algunos años después desapareció mi amiga Magda, compañera de trabajo en la agencia de viajes. Tenía una enfermedad, Lupus eritematoso. La fui a ver al hospital el día antes de su muerte. Acababa de nacer mi segundo hijo, Alex. Entretanto, sufrí el aborto donde perdí a mi hijo no nacido.

Después vino una época de varias muertes sucesivas. En pocos meses se fue mi primo y padrino, Juan, al que adoraba; su hermano y también primo mío, Roberto y mi tía Thérèse, hermana de mi madre. Poco después, la mejor amiga de mi madre y madre de mi mejor amiga, Ana María, con la que yo había pasado muchos veranos de mi infancia y adolescencia.

Mi tía Mª Angela se fue tras un cáncer de páncreas y después mi prima Mireille, también de cáncer.

Mi suegro murió en el año 93 y mi suegra en el 2004. De mi suegra, me doy cuenta de que no la he llorado mucho y eso que la quería. En parte, esa recapitulación de mis pérdidas es una forma de recordarlos y de reconocer la importancia que han tenido en mi vida. Mi suegra Nuria era una buena persona y la quería, además de ser guapísima. Conviví mucho con ella, a veces a mi pesar y en el cómputo general, el balance es que había mucha estimación y cariño entre ella y yo. La echo de menos.

Las dos últimas muertes han sido para mí las más dolorosas: primero Alberto, mi ex marido y padre de mis hijos, hace ya más de 3 años (parece que fue ayer y aún me cuesta aceptar que él ya no esté). Fue el amor de mi vida y aunque hubo mal rollo al final, él ha sido hasta ahora el hombre más importante de mi vida; la otra es la de mi querida amiga Nuria, a la que considero mi segunda madre, mi compañera de confidencias, de largas conversaciones en la montaña, entre los pinos, el amor más sincero, puro y auténtico que he vivido nunca. La añoro mucho.

En cuanto a mi vida personal e íntima, mi primera gran pérdida fue la de mi inocencia, la de la niña confiada, alegre y tierna por causa de un abuso sexual puntual en plena calle en una hora punta del día. No voy a extenderme en detalles, no me apetece. Lo único que diré es que ese hecho ha tenido muchas consecuencias en el desarrollo de mi carácter y de mi ubicación en el mundo, creándome desconfianza en mis relaciones y una fuerte tendencia a no contar con nadie, a apañármelas siempre sola y a tener una gran dificultad en pedir ayuda. En la polaridad opuesta, desarrollé una forma de seducción en la que intentaba agradar a toda costa, no creyéndome merecedora de amor, aprecio y estima, por lo cual, aunque en apariencia era fuerte y autosuficiente, en la práctica, sin darme cuenta, me dejaba "abusar" por personas, situaciones, trabajos, etc. 
He entendido que, con diversas formas, se repiten en nuestras vidas las situaciones que reproducen las escenas dolorosas en las que adoptamos un patrón de conducta, y se repiten para darnos la oportunidad de darnos cuenta de ello, aunque lo hayamos olvidado, para sanar esa herida y poder cambiar esa actitud que, en su momento nos permitió sobrevivir y que actualmente nos frena y nos perjudica.
Hoy estoy en pleno proceso de sanación de esta herida, reubicándome en el mundo, poniendo límites, contactando con lo que yo quiero, motrando y expresando mis sentimientos aunque no gusten a algunos....abandonando la actitud de dejarme abusar, cuidándome y tomando decisiones que me hacen sentir bien, digna, sobretodo digna. Gran palabra, DIGNIDAD.

En mi vida de casada fui feliz durante muchos años hasta que dejé de serlo. Mis hijos son lo mejor que me ha pasado. Decidí separarme, sin ser muy consciente de ello en aquel momento, cuando finalmente puse un límite a la actitud abusiva que tenía mi marido conmigo y que yo había dejado que ocurriera por "no discutir" y crear mal rollo.

Y ahí aparece mi segunda vida en la que, poco  a poco, con muchas dificultades y dolor, ahora puedo decir que ha valido la pena, que la sigue valiendo y que me va de puta madre hacer esta recapitulación para darme cuenta de los logros. A veces me olvido de como estaba hace 10 años, de lo perdida que estaba y ni en la más fantasiosa de las fantasías podía imaginarme poder llegar a lo que he llegado, a sentirme tan bien como me siento ahora. Volver la vista atrás y ver el camino andado me da fuerzas, ánimos y sobretodo, alegría. He pasado penuria, he llorado de impotencia, de tristeza, me he sentido agotada, sin fuerzas para seguir, en la oscuridad total, sin saber para donde tirar. Me he sentido sola, muy sola.

Hoy, me siento bien conmigo misma, me siento bien en mi casa, con mis hijos y mis animales; me siento bien con mi familia, con mis amigos, con mis colegas. Hoy me siento parte del mundo, de la humanidad. Poco a poco, todo se va colocando, aunque a veces me duele cómo ocurre esa recolocación, pues aparentemente va en contra de mis deseos. Aparentemente, ya que la experiencia me demuestra que al final, eso que me duele, eso que va en contra de mis expectativas resulta ir a favor de lo que quiero por derroteros que no podía imaginar.

Trabajo de lo que me gusta y me gano la vida con ello, lo suficiente para vivir bastante bien. De mi vida han ido desapareciendo (que no muriendo) las personas y situaciones que ya no servían para mi evolución, para mi bienestar. También eso me ayuda a aceptar ciertas pérdidas de personas a las que he querido o quiero.

A los 7 años, con el abuso que sufrí, perdí la alegría, perdía la inocencia, perdí la confianza. Me ha costado casi toda mi vida recuperarlas. En ello estoy.

Me olvidé de reir, me olvidé de disfrutar, me olvidé de jugar.

El círculo se cierra. 44 años después recupero la inocencia, la alegría, las ganas de jugar y de reír.

Esa es la conclusión de mi recapitulación. Sin más.

May 18

Generosidad

Ayer mi amigo Quim me invitó al teatro.  Por ser actor, tenía invitaciones y me dijo de ir con él. No le pregunté qué íbamos a ver, esa es una actitud nueva en mí, seguir mi impulso sin querer tenerlo todo controlado. Creía que era una obra y no, era un concierto, música contemporánea que en principio no me gusta. 

"Piturrino fa de músic". Ese es el nombre del espectáculo. Al inicio me puse tensa y pensé: joder, vaya mierda, eso no me va a gustar. Entonces me relajé y pensé: estás aquí y si estás aquí es que ahora mismo éste es tu lugar. Relájate y déjate entrar esta música, sea como sea. Entrégate a ella, a escuchar, a ver como se mueven los músicos, el director y cuando acabe ya decidirás si te ha gustado o no. 

Me metí totalmente, parecía que sólo existiera la orquesta y yo. No me di cuenta del resto del público, incluso me olvidé de mi amigo. Toda la atención estaba puesta en lo que se desarrollaba en el escenario, en los movimientos de los músicos y del director, en los colores, en las notas, en los instrumentos que las emitían, en observar y apreciar la maravillosa sincronía que se estaba produciendo ante mis ojos. En un momento dado, tuve la necesidad de sentir que lo estaba compartiendo, miré a mi amigo y me arrimé a él, sintiendo su contacto. Tuvimos una mirada cómplice, me preguntó si estaba bien y le contesté que sí. Volví a sumergirme en el espectáculo.

Había momentos en que la música me chirriaba, me hacía sentir mal, me removía y no me gustaba. Otras me encandilaba, me apasionaba, me deleitaba. Al acabar, me di cuenta de que me había encantado, que era un caos perfecto, una explosión de creatividad, un acto de generosidad por parte del autor, Carlos Santos.

 Ese mismo día me estaba sintiendo apretada, encogida dentro de mí misma, como muchas veces me he sentido y estaba sintiendo la necesidad de expansionarme, de darme, de entregarme con todo mi ser a la vida, en un acto generoso de darme a mí misma, de compartirme, no por esperar una recompensa, un premio o un reconocimiento sino por el placer de explosionar con todo lo que soy, sin escatimar nada de mí y así sentirme viva y disfrutar, haciendo disfrutar a los otros, como hace Carlos Santos con su espectáculo.

Ese concierto ha sido perfecto para mí por el momento que estoy viviendo, porque se trata de eso. Este tío me dio una gran lección que yo estuve a punto de desaprovechar, despreciándolo al principio del concierto y sin darle la oportunidad de escucharlo, condenándolo de antemano. La única que habría salido perdiendo soy yo. Fue un regalo y lo recibí porque previamente  me había entregado, dispuesta a recibir, dispuesta a que me llegara lo que hubiera, aunque no me gustara. La sorpresa fue que sí me gustó y hacía falta escucharlo todo para poder saberlo. 

Vivir la experiencia en vez de imaginarla, en vez de elucubrar, en vez de montarme la película en mi coco anticipando el resultado, sea mi anticipación a favor o en contra. Si es a favor y el resultado no corresponde con mi idea, sentiré frustración; si es contra, me cierro a la experiencia y me la pierdo.

Eso es la generosidad. Entregarme sin condiciones ante el que se entrega sin condiciones. Y ahí surge el milagro de la vida, en el aquí y el ahora, en el presente.

January 25

La energía del tacto

La energía del tacto



Precioso artículo de La Vanguardia de hoy. Vale la pena leerlo hasta el final.

Pese a ser latinos, los españoles se tocan menos que antes

La energía del tacto

El tacto es la forma de comunicación primaria del ser humano. Sin embargo, en la sociedad actual, el tocar no está siempre bien visto. Recuperar este instinto natural puede ayudarnos a vivir mejor nuestras relaciones

"Cuando siento algo, quiero cogerte la mano". Ya lo cantaban los Beatles en el año 1963 ("When I´ll feel that something, I want to hold your hand"). Una letra sencilla, una música pegadiza y, sobre todo, una gran verdad. El tacto es una forma directa, inmediata y espontánea de expresar nuestras emociones y nuestros sentimientos.

Los espacios vitales

¿Por qué nos incomoda cuando hay gente que nos roza en el metro o en el ascensor? Edward Hall, profesor de antropología de la Northwestern University, publicó en los años sesenta unos trabajos de investigación sobre el concepto del espacio personal. Fijó unas distancias de base, mediante las cuales "el hombre estructura el microespacio" y que varían según las distintas culturas.

Cuando nacemos, el tacto es la guía que nos introduce en el mundo. La sensibilidad táctil es el primer sentido que entra en funcionamiento, la forma de comunicación más básica y primitiva. El feto ya responde a las vibraciones del corazón de la madre. El bebé recién nacido explora mediante el tacto; es así como descubre dónde termina su propio cuerpo y empieza el mundo exterior.

El ser humano posee unos cinco millones de terminaciones nerviosas repartidas en dos metros cuadrados de piel, que nos mantienen en contacto con el entorno y nos proporcionan información. De alguna manera, la piel es nuestro órgano emocional más importante y el más extenso. Los labios, el dedo índice y el pulgar ocupan una parte considerable del espacio cerebral. El área preparada para percibir y procesar el tacto es de las más grandes del cerebro. Desde la antigüedad existen escritos que revelan que los chinos ya conocían las propiedades del tacto y el masaje en el año 3.000 a.C. Fueron los primeros, pero no los únicos: helenos, egipcios, romanos e hindúes desarrollaron, a su manera, diferentes técnicas que explicaban cómo emplear este instinto hasta convertirlo en arte.

Tocar no sólo es algo natural, sino que es una práctica beneficiosa. "Según lo que hemos podido comprobar, cuando conseguimos una mejor intimidad física, logramos también mejores relaciones, tanto sea en una pareja, como un niño con su madre", sostiene Tiffany Field, del Touch Research Institute de la Universidad de Miami, en una entrevista telefónica. Sus investigaciones han demostrado que la sensación táctil, como por ejemplo la que se transmite con un masaje, produce numerosos efectos positivos. Mediante esta estimulación, el bebé aumenta su habilidad general y su capacidad de aprendizaje.

Los niños prematuros ganan peso; en los adultos, se potencia la concentración; se alivian los síntomas de depresión; se reduce el dolor y el estrés hormonal y se mejora la función inmunitaria. James Coan, profesor de psicología en la Universidad de Virginia, que ha estudiado las implicaciones del contacto humano con la resonancia magnética, ha descubierto que "cuando cogemos la mano de no importa qué persona, nuestro cerebro reduce la producción de las hormonas del estrés, al mismo tiempo que disminuye la actividad de las regiones cerebrales que reaccionan ante el miedo", explica.

"Un apretón de manos relaja el cuerpo. Y si sostenemos la mano de un ser querido, nos sentiremos más protegidos frente al peligro y notaremos un alivio inmediato", asegura. A través del tacto se activan las endorfinas, con los abrazos se segrega oxitocina y ambas sustancias causan en nuestro organismo sensación de bienestar.

Sin embargo, en nuestra cultura, lo visual se impone sobre lo táctil, hasta el punto de que menospreciamos su poder comunicativo. Crecemos aprendiendo a no tocar ("no toques esto", "deja de tocar al señor"). La sociedad condiciona qué partes del cuerpo podemos rozar y las que no. Creamos un espacio infranqueable alrededor de nuestro cuerpo que inhibe la experiencia táctil. Phyllis K. Davis, en un libro muy conocido, 'El poder del tacto' (Paidós Ed.), habla del síndrome Phecia. Consiste en asociar el comportamiento táctil con el sexual, en particular con la promiscuidad, la homosexualidad, el complejo de Edipo, el incesto y el adulterio.

Ashley Montagu, el máximo estudioso científico sobre el tema del tacto, denunciaba hace años en sus libros (entre los cuales destaca 'El tacto: la importancia de la piel en las relaciones humanas', Ed. Paidos) este fenómeno: "Hemos producido una raza de intocables. Nos hemos vuelto extraños unos para con otros. La capacidad del hombre occidental para relacionarse con sus prójimos ha quedado muy atrás respecto a su habilidad para conversar con las computadoras, comunicarse con los coches y hablar con los juguetes".

En España tenemos la reputación de ser una sociedad más proclive al contacto físico. Sin embargo, en parte estamos perdiendo esta costumbre. "Eramos una cultura más tocona, pero nos estamos volviendo más individualistas. La ética católica es más propensa al contacto y al amor al prójimo que la protestante. Pero hoy somos menos católicos, más urbanos y nos tocamos menos", afirma el psicoterapeuta Luis Muiño. Fernando Villadangos, psicólogo y presidente de la sociedad de sexología Al-Garaia de Granada, reconoce: "Hoy tocamos con más miedo. Está avanzando una cultura restrictiva y por lo general falta educación sexual. En los años 80-90 había menos limitaciones respecto a las que hay ahora".

Por supuesto, el factor cultural tiene un peso relevante cuando se habla de comunicación táctil. El supuesto desencuentro que tuvieron hace unos meses el presidente francés, Nicolas Sarkozy, y la canciller de Alemania, Angela Merkel (en el que ella se quejaba de su exuberancia… táctil) es un clásico caso desencuentro cultural. Hay muchas diferencias entre países.

En Francia, es habitual saludarse con tres besos. En Italia, nunca se besa a un desconocido, pero en cambio es frecuente besarse y abrazarse entre conocidos del mismo sexo. En Japón está prohibido tocar la nuca a una chica, mientras que en Fiji es tabú rozar el cabello. En los países árabes, el contacto entre hombres está admitido y suele ser muy cálido, mientras que una pareja de novios no puede besarse en la calle. Francisco Merino, director de la Escuela Internacional de Protocolo de Madrid, recuerda que cuando personas de cultura diferente se encuentran "existen normas escritas".

En su opinión, "quién hace el primer gesto es el que manda y es quien decide cómo se han de saludar: si al comienzo da la mano o si ofrece la mejilla, por ejemplo. Ahí tendremos una pista". Merino explica que "entre los altos mandatarios, la regla es que cada uno se adapte a los rituales del país adonde va, aunque entre los políticos que tienen cierta confianza es frecuente coger el brazo".

Cuando el rechazo al contacto físico no se funda en razones culturales, sino que se convierte en un rechazo sistemático, entonces puede haber repercusiones negativas para nuestro ser. Estudios demuestran que quienes durante su infancia no recibieron caricias de sus padres son más proclives a mostrar dificultades para dar o recibir afecto, a mantener una postura corporal rígida y tienen limitaciones para expresar su emotividad. Como consecuencia de esta carencia, estos sujetos manifiestan una tendencia a evitar el contacto físico con los demás y lo ven como algo inapropiado. En sus obras, Montagu alerta de que "una experiencia táctil inadecuada tendrá como consecuencia una incapacidad para relacionarse con los demás en muchos aspectos humanos fundamentales".

No obstante, esta rigidez táctil que puede registrarse en ciertas personas o en determinadas culturas, se basa en gran parte en un malentendido. El tacto no tiene por qué ser necesariamente sinónimo de intención o deseo sexual. Asimismo, el contacto corporal puede simplemente indicar un rol o un estatus, expresar un afecto inocente o constituir un soporte emotivo.

Flora Davis, autora de un libro de referencia en la materia, La comunicación no verbal (Alianza Ed.), sostiene que "el acto de tocar puede comunicar más amor en cinco segundos que las palabras en cinco minutos. Abrazar a alguien que ha tenido un mal día puede ser más curativo y reconfortante que todas las palabras que seamos capaces de articular". Según Mark Knapp, profesor de la Universidad de Texas y experto en comunicación no verbal, "el tacto desempeña un papel de entusiasmo, de expresión de ternura, de apoyo afectivo".

Naturalmente dependerá de la parte del cuerpo involucrada en el gesto, del tiempo del contacto, de la fuerza, del modo de tocar, de la frecuencia del toque. Por ejemplo, no es lo mismo apretar la mano, tocar un brazo o ir de la mano. Villadangos relata algún caso emblemático que ha tratado en su consulta. "Una persona que acababa de sufrir un luto aguantaba su dolor ocultándolo a los demás. Bastó una simple palmadita en el hombro para que ésta empezara a llorar y desahogara lo que llevaba dentro. El tacto también puede causar una potente reacción liberatoria".

Por suerte, hay personas que pese a los vínculos sociales a los que están sometidos tanto por cultura, como por religión, miedo o educación, no quieren renunciar al contacto físico. De hecho, ante la fuerte demanda, se han desarrollado en los últimos años algunos cursos de abrazoterapia, que tienen como objetivo redescubrir los beneficios para el cuerpo y la mente de un contacto físico prolongado.

Cristina Corbella dirige un taller de caricias desde hace más de veinte años. "Nos dimos cuenta de que las palabras quedaban cortas. Yo creo que el cuadro ha empeorado en nuestro país, esencialmente por la influencia que viene de los países anglosajones", asegura. Aun así, Corbella cree que es posible corregir el rumbo y reivindica el papel del tacto en las relaciones sociales.

"Es consolatorio, curativo, da seguridad. El contacto físico es una forma directa honesta y amigable de comunicación: lo que se presiente se transmite de forma inmediata. A veces hay mensajes que sólo pueden llegan de esta manera, con una simple caricia". Según Villadangos, "hay que redescubrir lo bueno de tocarse en el seno de la pareja. En una palabra, la ternura. Es algo que necesitamos todos, porque lo antinatural es controlar el propio cuerpo".

Incluso se habla del fenómeno del "hambre de piel", que se refiere al deseo de ser tocado, a la necesidad profunda de contacto físico. Como apuntaba el antropólogo Paul Byers, tal vez los que más sufren esta carencia son las personas mayores, quizás los menos tocados de la sociedad. Inténtelo: porque si una imagen vale más que mil palabras, una caricia, más que mil imágenes.


 
Gestalt  
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